jueves, 7 de julio de 2011

OPCIÓN POR LOS POBRES HOY Y VIDA CRISTIANA

OPCIÓN POR LOS POBRES HOY Y VIDA CRISTIANA



José Reyes

Profesor de Matemática, Director Nacional de Fe y Alegría, Vicepresidente Mundial de la Comunidad de Vida Cristiana (CVX).

La opción por los pobres, aunque no excluyente, es preferente e irrenunciable. Puesto que ‘pobre’ es un concepto relacional, nunca nos encontramos eximidos de la necesidad de atender a las necesidades de quien es entre nosotros el más pequeño, ni aún en sociedades opulentas. La opción por los pobres se convierte entonces en un estilo de vida que no se restringe sólo a nuestro entorno inmediato sino que suscita un dinamismo que busca al pobre incluso entre quienes no nos son conocidos, y compromete tanto nuestros afectos como nuestra inteligencia. Con frecuencia, las prácticas y el lenguaje eclesiales tratan al pobre como a alguien externo a la Iglesia, y no como un miembro predilecto de ella. La opción por los pobres se convierte entonces en un desafío incluso de orden epistemológico que pone a prueba la coherencia de la vida cristiana, pues finalmente ese ‘optar por’ demanda un ‘optar con’, vale decir, implica un abajamiento de quien opta, en lugar de un triunfalismo que mide el éxito según los criterios del mundo.

Introducción

En camino hacia la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, es natural evocar la significación que han tenido las Conferencias anteriores. En particular, para los fines de esta presentación, resuena con fuerza la “opción preferencial por los pobres, proclamada inicialmente por Medellín y de manera más explícita por Puebla (nn. 1134-1165) y Santo Domingo (nn. 178-161)” (1). Necesariamente vinculado, se nos hace presente también “el contenido evangélico y teológico de la liberación, que ha abierto un nuevo horizonte a la acción evangelizadora” (2).

Desde Medellín y Puebla, la sociedad chilena y latinoamericana ha cambiado, y la “opción por los pobres” tiene por tanto que responder a nuevos hechos y preguntas. Aunque indiscutiblemente perteneceal corazón de la experiencia cristiana, y esto es “irrevocable” (3) y permanente, tiene que confrontarse siempre con los cambios, preguntas y contradicciones que surgen desde la sociedad y desde la vida de los creyentes. Para muchos es un tema que ha generado algún debate, inquietud, incomodidad, sobre todo cuando el concepto de pobreza se aplica no sólo a una actitud espiritual, sino a un fenómeno social, económico, con claras implicaciones políticas. Efectivamente,no se trata de una abstracción, sino de una llamada “a desechar estructuras marcadas por el pecado y a trabajar por un nuevo orden social más justo, equitativo e incluyente” (4).

Al contemplar nuestro continente, los cristianos podemos fácilmente tender a pensar en el fracaso de la opción por los pobres, pues ésta “aún no da frutos que permitan mirar el futuro como un tiempo de fraternidad y de paz” (5). No es para menos, pues constatamos “la persistencia de la pobreza” (6), vemos como “crecen las desigualdades entre los que poseen el capital –del dinero y de la información– y los más pobres (...); crece el número de los marginados: seres humanos, razas minoritarias y países enteros” (7). Con razón podemos preguntarnos: “¿Vamos hacia un mundo de desiguales, precisamente porque no prima el valor de la persona, de toda persona, sino sus ventajas económicamente comparativas?” (8).

Al contemplarnos como Iglesia, podemos reconocer que la opción por los pobres ha repercutido “no sólo en la pastoral social, sino también en muchas otras orientaciones y decisiones eclesiales y en el espíritu de incontables fieles, sacerdotes, religiosas y religiosos” (9). No obstante, podemos ver también contradicciones que nos duelen y preguntas que nos urgen. “La evidencia empírica permite afirmar que en América Latina se mantiene una grave injusticia social, que frena el posible desarrollo humano de millones de habitantes. Y, para escándalo de muchos, todo esto sucede en un Continente de bautizados. Imposible dejar de preguntarse, ¿por qué la verdad de nuestra fe y de nuestra caridad no han tenido la debida incidencia social?” (10)

Los cristianos individualmente podemos también asumir esta perspectiva para examinarnos como discípulos de Jesús y como misioneros de su Reino. El “traer la buena nueva a los pobres” (Lc 4, 18), núcleo del estilo de vida y de la misión de Jesucristo en la que participamos, incluye ese “amor misericordioso y preferencial por los más pobres y necesitados (que) es una prioridad irrenunciable, signo de nuestra identidad y credibilidad, condición necesaria para recibir la herencia del Reino” (11). En el fondo, los pobres nos ponen una pregunta que tiene que ver con “la coherencia y la valentía propias de discípulos y misioneros del Señor” (12). Asimilarnos al “estilo de vida” y al “proyecto” de Jesús, es “el fundamento de la moral del discípulo” (13), y esto tiene sin duda mucho que ver con nuestra relación con la pobreza y con los pobres.

En síntesis: La opción por los pobres está en el centro de nuestra vida cristiana, en sus dos dimensiones de “ser discípulos” y de “ser misioneros”. Está también en el centro de nuestra vida como Iglesia, tanto en lo intraeclesial como en nuestras relaciones y nuestra inserción en la sociedad. Es también un reto para la sociedad entera, especialmente para quienes la dirigen y para quienes tienen más. Se trata de “una opción no excluyente pero sí irrevocable” (14), que tiene que ver con todos “quienes están heridos por la pobreza, en sus más diversas formas” (15). Sin embargo, desde este marco tenemos también que reconocer que la pobreza socio-económica sigue siendo la componente más visible e interpelante de la opción por los pobres.

El Documento de Participación Hacia la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano y del Caribe vuelve a menudo sobre el tema de los pobres (22 entradas) y la pobreza (14 entradas), y sobre muchos otros temas relacionados o que explicitan algunos aspectos. Se trata de un tema transversal, presente como criterio de credibilidad, como llamada a la solidaridad, como pregunta quemante o como sustrato espiritual que acompaña nuestro discipulado. Lo que sigue son algunos retos y propuestas para orientarnos hoy día en nuestro ser cristianos, que quizás podrían ampliarse o destacarse.

“El más pequeño de mis hermanos” (Mt 25, 31-46)

Hablar de los pobres supone siempre una comparación, se trata de un término relacional. “El más pequeño” es necesariamente una referencia al “más grande”. En nuestra familia, en nuestra sala de clases, en nuestro entorno inmediato, siempre habrá un más pequeño, un más débil, un más enfermo, un más rechazado o marginado, un más hambriento o sediento. El pobre en este sentido está siempre a nuestro lado, y desde ahí nos interpela. No obstante, hemos de buscar siempre más allá. Se trata de encontrar con Jesús al “más pequeño de mis hermanos”, y por tanto la pregunta primera y quemante es ¿quiénes son mis hermanos?, ¿hasta dónde llega mi (nuestra) capacidad y ansia de fraternidad? Se trata de preguntas que necesariamente nos llevan al Padre común, al “Padre Nuestro” que no podemos privatizar para convertir en un “Padre mío”, o para construir un “nuestro” íntimo, limitado y excluyente. La opción por los pobres puede vivirse parcialmente como implicación personal con algún necesitado, como proyecto de justicia social o como solidaridad entre personas o grupos, y eso no es malo. Pero hemos de tender a verla y vivirla cada vez más desde el principio de fraternidad, que nos propone que “seamos por fin capaces de reconocernos unos a otros en el mismo Padre” (16), es decir, que seamos capaces de experimentar que “todo hombre y mujer es mi hermano o hermana”.

Entonces, el “más pequeño de mis hermanos” estará quizás más lejos de nosotros, a veces en esa pobreza dura y oculta que desconocemos, en la cárcel, en las caletas callejeras, en los hacinamientos poblacionales, en las malas escuelas, en el hospital psiquiátrico, en los límites de la dignidad humana, en la soledad del inmigrante o del anciano, etc. Desde esta perspectiva del “más pequeño”, podemos hacernos cada día sensibles a las nuevas formas de pobreza y a las de siempre. También podremos mantener viva la opción incluso en sociedades que pudieren avanzar hacia la superación de la pobreza (17).

En esta dinámica de crecer hacia la fraternidad real, es indispensable el movimiento hacia el pobre, por incompleto y limitado que sea. No es nuestra opción voluntarista, es la opción de Jesús, el Hijo, de la cual participamos como sus discípulos. “Ser discípulo será entonces ‘ir detrás de’ Jesús, para aprender su nuevo estilo de vivir y de trabajar, de amar y de servir, y para adoptar su manera de pensar, de sentir y de actuar” (18). La opción por los pobres es entonces un estilo de vida, que tiene que ver no sólo con acciones particulares o con nuestras circunstancias inmediatas. Desde la opción de Jesús por los pobres, desde Jesús el Hijo y hermano de todos, los cristianos tenemos que revisar nuestras vidas, individualmente y como Iglesia, y optar deliberadamente. Efectivamente, “los rostros de inhumana pobreza conmueven e interpelan” (19), “los migrantes, refugiados y desplazados (...) interpelan a la Iglesia” (20). Hemos de revisar entonces más a menudo nuestros hábitos y costumbres, nuestras decisiones económicas, nuestras formas de trabajar por la justicia, nuestra coherencia y radicalidad cristiana. Y también tenemos que revisar y potenciar nuestras relaciones y modos de colaborar con otros grupos o movimientos no cristianos, que desde un enfoque solamente racional intentan comprometerse con los más pobres, por la justicia, la solidaridad y la responsabilidad social. El principio de fraternidad, y por lo tanto la opción por los pobres, tiene una racionalidad por la cual alcanza y convoca a los no creyentes, en movimientos que podemos compartir sin temores.

“Entre ustedes y nosotros se abre un gran abismo” (Lc 16, 19-31)

La distancia entre el rico que está en su casa y el pobre que está en su puerta puede irse transformando en un abismo insalvable y definitivo. Cuando hablamos de los pobres hay un ‘nosotros’ y un ‘ellos’ que nos separa, y que raramente podemos en los hechos transformar o integrar. Hay una brecha que nos divide y aleja: inequidad de la educación, brecha digital, acceso desigual a los bienes y servicios, la salud, etc. La segregación social, la separación, se nos ha convertido en norma y en hábito. Hemos desarrollado ciudades segregadas, parroquias segregadas, jardines infantiles y torneos deportivos segregados. En nuestros mismos colegios de Iglesia, en nuestro propio subsistema educacional católico, repetimos lo que criticamos en la sociedad, como si fuera un abismo insalvable. No sólo no podemos formarnos y estudiar juntos los más ricos y los menos ricos; ni siquiera podemos participar juntos en la misma liga de fútbol. Nos hemos acostumbrado a competir por pequeñas distancias que nos hagan sobresalir en una franja de “casi iguales”, y no a compartir para salvar las grandes distancias que nos separan de nuestros hermanos más distintos. Y todo esto parece que no tuviera arreglo, sólo hay que seguir adelante, ser prácticos, realistas.

Nuestro lenguaje, incluso el magisterial, es a veces peyorativo. Por ejemplo, la expresión “constructores de la sociedad” (21) suele usarse para referirse a los que tienen poder, influencia, dinero, visibilidad, etc. Pero resulta que los obreros, conductores de microbuses, empleadas domésticas, enfermeras, recolectores de basura o funcionarios de ventanillas son también constructores de la sociedad. Asimismo, la expresión “la Iglesia” suele ser usada de manera que los pobres aparecen como externos y observados por la Iglesia, y no como miembros predilectos de ella. A veces, los dueños de casa en la Iglesia pareciéramos ser los ricos, los bien formados, los socialmente adecuados... y no los pobres, aunque las comunidades cristianas en sectores populares puedan ser muy vivas. La imagen de Lázaro en la puerta del rico se repite en muchos de nuestros templos e instituciones: el lugar de los pobres es el pórtico en el que piden limosnas. Ellos suelen no tener misa de funeral, de la misma manera como muchas de sus uniones sanas, estables y felices quedan sin bendición oficial.

Se echa de menos un lenguaje más profético en estas materias, como el de San Alberto Hurtado: “Grandes de esta tierra, revístanse de sentimientos cristianos y miren con respeto a los pobres. Mediten seriamente en la caridad de Nuestro Señor, que si los honores del siglo los ponen en una situación elevada respecto a ellos, el carácter de Jesucristo, que ellos tienen el honor de llevar, los eleva sobre ustedes” (22). O bien: “Y en la Iglesia santa, la Iglesia de los pobres, los ricos también tienen entrada con un pasaporte, el servicio de los pobres. Por tanto, oh ricos, lleven los títulos que quieran en el mundo; en la Iglesia no son más que los servidores de los pobres” (23).

Amar “con toda la inteligencia” (Mc 12, 33)

La opción que nos ocupa tiene que ver en definitiva con el amor, con el amor al prójimo, con “el amor de Cristo; de manera especial, (...) su amor misericordioso y preferencial por los más pobres y necesitados” (24). Fácilmente se nos ocurre que el amor es un asunto del corazón, o quizás de la voluntad y los afectos. Y ciertamente que lo es. Pero en el diálogo de Jesús con el escriba, en el evangelio de Marcos, el amor es también un asunto de la inteligencia: hemos de amar con toda la inteligencia, hemos de poner toda nuestra inteligencia al servicio de esta opción preferencial, para que realmente lo sea. Surge así un nuevo reto: el de valorar el conocimiento de los pobres, el de construir conocimiento desde los pobres, el de aplicar dicho conocimiento a las instituciones que diseñamos.

Los pobres, más allá de ser una categoría socio-económica, son uno de esos “diversos grupos culturales que requieren de una nueva cercanía y atención pastoral” (25). Esto tiene que ver con la acogida, la estimación de su rica pluralidad, de sus valores y expresiones culturales. También llama a una mayor inculturación de la liturgia. Pero llama sobre todo a aprender de ellos, a reconocer su conocimiento y su sabiduría, aun su sabiduría cristiana, su teología podríamos decir. “Asimismo, la pastoral urbana y, en particular de las megápolis, debe estar atenta a encontrar nuevos modelos de evangelización, que tomen en cuenta estos lugares de gran densidad poblacional, en muchos casos de hacinamiento y de graves desarraigos familiares y culturales” (26). Pero, creo, el tema trasciende lo pastoral, y afecta también a la academia en sus distintas disciplinas. Los pobres son en este sentido un ‘lugar epistemológico’ hoy día insoslayable. Quizás a esto se refiera esa necesaria “nueva cercanía”.

Muchos de los debates sobre la pobreza y los problemas sociales nos dejan descontentos. Intuimos que hay algo que “no cuadra”, que el análisis no es completo. Una de las razones es que no siempre acordamos el “desde dónde” y el “para quién” construimos el análisis y el conocimiento. Un ejemplo clásico es el de las pruebas tradicionales de “inteligencia”: aplicadas en los quintiles más bajos, el 30% o más resultaba entre “limítrofe” y “oligofrénico”, mientras que aplicadas en los quintiles superiores, sólo el 3 o 4% resultaban en las mismas categorías. Lo peor es que tales diagnósticos pasaban a los profesores, quiénes simplemente se preguntaban cómo podrían enseñar a niños idiotas. Hoy se cuestionan esos tests, por la gran incidencia de factores culturales, y esas teorías de la inteligencia tienden a dar paso a otras más preocupadas de caracterizar y valorar la diversidad, más que a clasificar a las personas. Es un avance que hay que extender a otras ciencias y disciplinas, especialmente a la economía, la ética, la teología. El compromiso con los pobres no consiste solamente en dirigir a ellos nuestra acción caritativa o nuestro compromiso socio-político, sino también en construir desde ellos y con ellos conocimiento y doctrina, estrategias e instituciones. Una relación cercana y real con los pobres es fundamental para construir este tipo de conocimiento. Ese contacto real nos permite conocer y valorar sus características culturales, y termina por colorear nuestra espiritualidad, pero también nuestra inteligencia. Ya no admitiremos la neutralidad, y nuestra mirada se dirigirá a las causas de la injusticia y del error, más que a los visibles estragos que de ellos se derivan.

Se trata de que desarrollemos en la sociedad, en la academia y en la Iglesia una actitud intelectual y una perspectiva de análisis que considere la cultura. La cultura es algo que se gusta, se toca y se siente y no sólo se ve y se analiza. Una teoría del aprendizaje o enfoque educativo que no considere los datos culturales (lenguajes alternativos, estrategias cognitivas más utilizadas, universos temáticos, etc.) puede quedarse en la formulación de categorías racionales con pretensión de universalidad, que pueden aplicarse sólo con cierta violencia en contextos que no responden a los supuestos culturales de los “elaboradores”. El resultado será que los “beneficiarios” aprenderán muy poco o nada. Asimismo, no se pueden aplicar de forma inapropiada algunos marcos académicos en áreas de la vida que ellos no pueden explicar adecuadamente; por ejemplo, la economía de mercado aplicada a cuestiones culturales.

En la cultura urbana poblacional, las normas aceptadas, los valores compartidos, los lenguajes no verbales o alternativos, los modos de acceder a los bienes materiales y culturales, el sentido del tiempo, las relaciones familiares y muchas otras cosas a menudo no se acomodan fácilmente a los paradigmas promovidos por las instituciones formales de la sociedad o de la Iglesia. Si queremos construir conocimiento y doctrina con y desde los pobres, hemos de asegurar que este tipo de manifestaciones culturales influyan efectivamente en las normas y criterios de evaluación y valoración, los manuales y pautas metodológicas, los discursos oficiales orales y no verbales, los códigos de disciplina, los análisis de la realidad, etc. Tenemos que afectarnos y cambiarnos mutuamente para juntos cambiar la sociedad, y no para que unos (los ignorantes, los pobres, los marginales... “ellos”) se asimilen lo mejor posible a los otros (los letrados, los acomodados, los adecuados... “nosotros”.). Esto supone que los académicos o creadores de conocimiento ilustrado, los educadores, los predicadores, los diseñadores de políticas sociales y los analistas, tengan contacto real y compasivo – en el mejor sentido de la palabra - con los pobres, excluidos y marginados. Supone también que las propuestas se confronten y se corrijan, que se consideren los datos que provienen de la práctica, desarrollando la capacidad de aprender, de conversar, de estudiar, de cuestionar, de discernir desde los más necesitados y para el bien de toda la sociedad.

Pero no basta con esta perspectiva epistemológica. Necesitamos llevarla también a una perspectiva organizacional, a nuestras instituciones. Organizaciones más rígidas, autoritarias y selectivas garantizan mejor el éxito de algunos que logran acomodarse a las pautas “universalmente” aceptadas. Pero tales organizaciones generan mayor marginalidad y no contribuyen tanto a cambiar la sociedad como a generar nuevos acomodados, siempre funcionales a los más poderosos. El éxito de la institución suele ponerse por sobre muchos otros valores que tienen que ver con las personas concretas, las culturas, las injusticias que provocan los problemas, etc. El mismo concepto de “éxito” es formulado desde parámetros convencionales: ascenso socio-económico, figuración pública, reconocimiento social, etc. Es deseable que nuestras organizaciones sean más abiertas y flexibles, precisamente para acoger mejor a los más pobres y para anticipar de alguna manera el tipo de sociedad que deseamos para todos. Esta opción puede traernos problemas, y muchas veces nos sentiremos inclinados – consciente o inconscientemente – a caminar hacia el modelo que recién hemos criticado. Viviremos siempre en tensión este aspecto de nuestra vida cristiana.

“Yo también los envío a ustedes” (Jn 20, 20)

La opción por los pobres es una llamada a formarse para ser “discípulos que compartan el abajamiento de Jesús” (27) (cf. Flp 2, 5-8). Es una conciencia cierta de que Jesús está entre los pobres, y que por tanto con toda seguridad podemos “bajar al encuentro de Dios”. A partir de este discipulado, la opción por los pobres es también un envío, una misión. Esta misión tiene que ver con la calidad de nuestra presencia en la sociedad y en la Iglesia, y también con lo que hacemos como trabajadores, profesionales, dirigentes, etc. Por eso, como decíamos en la introducción, el tema se nos hace a veces quemante y provocador.

Efectivamente, no se trata de una abstracción, sino de una llamada y de un envío “a desechar estructuras marcadas por el pecado y a trabajar por un nuevo orden social más justo, equitativo e incluyente” (28). Más aún, es una punzante apelación a los cristianos comprometidos en la toma de decisiones y en la dirección de nuestros países, puesto que “se constata en muchos de ellos un fuerte divorcio entre las convicciones de fe cristiana que profesan y la puesta en práctica a de los respectivos valores evangélicos en los campos que gestionan. El discípulo se compromete con coherencia de vida y de acción en la transformación de los sistemas políticos, económicos, laborales, culturales y sociales que mantienen en la miseria espiritual y material a millones en nuestro continente” (29).

Los fieles cristianos tenemos, por fidelidad a Jesucristo y a su opción por los pobres, algunas responsabilidades que hoy no podemos eludir. Entre otras:

“el desafío de globalizar la solidaridad, evangelizar la cultura y desplegar la imaginación de la caridad” (30),
“el preguntarnos en nuestras comunidades sobre (...) la coherencia de nuestra identidad católica y la autenticidad de nuestra vida cristiana, y sobre la intensidad de nuestro ardor misionero” (31),
“El (...) vivir la auténtica solidaridad conforme a la Doctrina Social de la Iglesia” (32),
“En medio de los intentos salvajes del mercado (...), llamados a vivir y proponer otro camino: el de la dignidad humana y la libertad, la participación, la solidaridad y la austeridad de vida, la gratuidad y el servicio a los demás” (33),
Construir “empresas que se consideran comunidades de personas”, en contraposición a aquellas “cuyo único norte es la eficacia y la ganancia a cualquier precio, donde los hombres, que constituyen el patrimonio más valioso, son humillados y ofendidos en su dignidad” (34),
“la capacidad de compartir la fe, la esperanza, el tiempo, los proyectos, los talentos y los bienes con los que más los necesitan” (35),
proclamar el “mensaje de esperanza a los que se esfuerzan por desviar su vista ante el dolor, la enfermedad y la muerte” (36).

El sujeto de esta misión somos todos los bautizados: laicos, religiosos, religiosas, sacerdotes y obispos, colaborando unos con otros, y con otros muchos, en distintas formas y modalidades. No somos solamente los laicos los que tenemos que ser formados para que esto sea realidad (37): muchos son los intereses temporales de las instituciones y empresas de la Iglesia, a menudo no dirigidas por laicos, y que marcan un estilo y dan un mensaje a la sociedad.

Muchas son las prédicas y discursos eclesiásticos que no logran integrar todos estos elementos, mucho es el dinero que reúne y administra la estructura eclesiástica. Entonces, somos todos juntos los que hemos de formarnos para “ordenar las realidades temporales según el querer del Señor” (38) y para “participar en la construcción de la Iglesia” (39), para que ésta también “sea un recinto de verdad y de amor, de libertad, de justicia y de paz, para que todos encuentren en ella un motivo para seguir esperando” (40). Es verdad, con pena “constatamos (...) en incontables constructores de la sociedad (41) influyentes y bautizados (...) que sus convicciones éticas son débiles y no logran cumplir su responsabilidad en el mundo con coherencia cristiana. No se guían por la Doctrina Social de la Iglesia, ni la conocen” (42). Está bien, esto puede ser de mayor incidencia para los “políticos, economistas, empresarios, sindicalistas y comunicadores sociales”, o para los “numerosos servidores públicos católicos que no están contribuyendo a dar estabilidad política, económica y laboral a nuestros países” (43). Pero no olvidemos que estos temas afectan también a la institución Iglesia, como empleadora, empresaria, servidora pública, agente económico, comunicadora, etc., y a sus ministros ordenados, en cuanto suelen ser gestores, jefes de equipos de trabajo, administradores, educadores, profesionales, ecónomos, dueños de casa, etc.

Conclusión

La opción preferencial por los pobres pertenece al núcleo de la vida cristiana, porque es la opción de Jesús. Esta opción se expresa en un estilo de vida personal y eclesial, y en un proyecto de justicia y de amor, de fraternidad, al que somos enviados a trabajar todos los bautizados en comunión y corresponsabilidad. La dinámica de esta opción por los pobres es de “abajamiento” y no de triunfalismos, tiene que ver en definitiva con la cruz. Tiene que ver con la encarnación: Jesús está entre los pobres, en sus luchas, en su sabiduría, en su espíritu, en sus fuerzas quebrantadas. Hemos de buscarlo allí, o por lo menos desde esa perspectiva. Para eso, hemos de buscar siempre al “más pequeño”, y surgirán así distintos y nuevos tipos de pobreza. Estamos llamados a una “nueva cercanía”, es decir, a derribar fronteras que suelen peyorativamente insinuar un “ellos” imperfecto y débil, y un “nosotros” sabio y seguro. Desde esta opción, trabajaremos por una sociedad más justa y una Iglesia más inclusiva y acogedora.

Notas

(1) Documento de Participación Hacia la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, n. 34, m. Todas las notas que se refieran a este texto en adelante indicarán sólo el número del párrafo.

(2) DP 34m.

(3) DP 34m.

(4) DP 86.

(5) DP 126.

(6) DP Introducción, p. 10, n. 2, y también n. 126.

(7) DP 103.

(8) DP 103.

(9) DP 34m.

(10) DP 119.

(11) DP 85.

(12) DP Introducción, p. 11, n. 2.

(13)DP 54.

(14) DP 34m.

(15) DP 34e.

(16) Silva E., Costadoat J. “Interpretación teológica del presente”. En
www.centromanuellarrain.cl .

(17) Véase el concepto de ‘pobreza relativa’ en “La pobreza infantil en América Latina”, Aporte de la División de Desarrollo social de la CEPAL. Publicado en Desafíos, Boletín de la Infancia y Adolescencia sobre el avance de los objetivos de desarrollo del milenio, Nº 1, Septiembre de 2005.

(18) DP 54.

(19) DP 85.

(20) DP 153.

(21) DP 86, 154. La misma expresión aparece en textos magisteriales ya desde hace tiempo.

(22) Alberto Hurtado, Los Pobres.

(23) Ibidem.

(24) DP 85.

(25) DP 83. El destacado es mío.

(26) DP 83.

(27) DP 84.

(28) DP 86.

(29) DP 86.

(30) DP 34f.

(31) DP 43.

(32) DP 85.

(33) DP 88.

(34) DP 103.

(35) DP 111.

(36) DP 111.

(37) En esto habría que revisar la redacción del n. 154, escrito en tono muy
clerical y dicotómico.

(38) DP 154, evocando a LG.

(39) DP 154, evocando a LG.

(40) DP 88, citando la Plegaria Vb del Misal Romano.

(41) La cursiva es mía, para destacar el uso de la expresión que ya he criticado antes.

(42) DP 154.

(43) DP 154.

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